El fin de los deseos

 

Cascabeles… cascabeles repiqueteando desde un aura carmesí, anotando los suspiros y deseos de aquellos mortales que de la vida cada detalle les parece un agravio, una penitencia constante. Las calles, algunas adoquinadas, otras tierra y lodo, varios campesinos comparten cotilleos en forma de saludos; los de armas rudimentarias, soldados de guardia, subsisten con una exigua paga, que de un honor decadente poco a poco se convierte en una revuelta del colectivo imaginario.

Allá, en el país del sol naciente, muchas caras con ojos de media luna, adoradores de la belleza excelsa  de los cerezos, están agotados por la muerte, moribundos de alma, acosados por las pugnas de sus señores que quieren paz con guerra, aprisionados en su gran terruño, esperando a que otro símil de su especie venga y les cante otras historias más lindas, con otros colores y fortunas, y así acabar con su martirio de vivir sojuzgados con la consigna de matar a sus hermanos, al coste de más sangre y la venida de otros tiranos con los mismos o diferentes apellidos.

Así las cosas en lo general, de la honorabilidad hipócrita y la podredumbre creciente.

Empero, pasando a lo particular…

Por las afueras de Kioto, pasado el tiempo de las jornadas para muchos, es previsible que la luna será menguante este día que Sechiro Akinawa abre las puertas a su esposa, y así a su amante. El viento sopla desde donde cae el sol en su nocturno sueño ancestral.

El almanaque dijo que los infortunios se convertirían en fortalezas para luchar contra las condenas que los espíritus malignos han conferido a los que obraron mal y ahora buscan redención; los aires del Este y Oeste chocarían, en ditirambos hacia guerras heroicas, pero aun así pírricas.

De esto Sechiro lo sabe muy bien, para su eterna melancolía de hombre; sus ojos, las lunas más tristes que falsean serenidad y sabiduría flagelada…

Mientras, allá afuera se acaba el verano con tonos tristes y apacibles. Sechiro les da la bienvenida en su particular silencioso tono; su rostro es apacible, con una sonrisa febril. Midori, su conyugue, tiene el semblante de una niña traviesa que regresa a la casa de sus padres después de sus rutinarias aventuras picarescas. El otro, un impertérrito ser de armadura y ojos que penetran el alma, no saluda, ni le importa si las intenciones del anfitrión son buenas o malas; pasa más como el verdadero dueño del lugar, soberbio en su paso, sin importar que sus sucias sandalias manchaban el que era incólume glulam. No es la primera vez, ni la segunda; varias sesiones de lunas menguantes y Sechiros taciturnos han pasado por lo mismo, y lo mismo, con ínfimas variaciones.

Ya en el tokonoma, entre los tres se conforma un triángulo, dando por sentado las acciones que se desarrollarán más tarde sin necesidad de palabra alguna.

Sechiro, con igual ritmo lento que le categoriza a su persona, los invita a sentarse sobre el tatami, porque el té ya está listo, servido puntualmente, así como él los ha acostumbrado. Las hierbas, ese olor que solicita frescura, suavidad, placer; el amante se siente complacido, desde su mueca demuestra las gracias al subordinado. Midori no conecta su mirada con ninguno, prefiere mantener el temperamento sumiso que le cataloga muy bien.

El tatami fue creado por el mejor artesano de Kioto, célebre por sus colores vibrantes y su comodidad sin par. Sechiro, hincado sobre el cojín correspondiente, siente orgullo de su pertenencia arquitectónica; el amante, aun sin quitarse la armadura, toma su taza, la alza en forma de alabanza a  alguna deidad que sólo en su cabeza existe; Midori ya está dando sorbos de su té, de vez en cuando mirando de reojo a su marido, luego a su concubino; parecía divertirle como si se tratara de su juego preferido.

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Él, abochornado por el calor, suspira con fuerza, y con entero desplomo, comienza a tocar a la mujer que tiene al lado. Sechiro se fija muy bien de esto. Ese guerrero, amante de la fémina, se sirve más té, mientras fija su dedo medio en clítoris de Midori; la fina tela roza al punto álgido del placer femenino, y la delicia del acto profano la tiene embobada con un sueño erótico que pronto quiere satisfacer.

De otro trago viril se acaba su té; comienza a quitarse pedazos de su armadura, pareciendo carne, músculos derrochados al suelo de madera, dejándolos sin cuidado aquí y allá, en seria afrenta hacia Akinawa. El anfitrión sigue callado, expectante. Agarra a la mujer, la toma como si fuera suya, comiéndosela a besos agresivos, ella respondiendo solamente con la escaramuza de su lengua.

Se llenan de saliva frente a él, y lo permite…, como otras veces lo hizo.

Aquel hombretón empuja a la delicada persona que tenía entre sus brazos, para seguir tomando del brebaje que lo tiene extasiado. Eran las hojas de kappa, excelente afrodisíaco que, con su místico origen, empuja a cualquier ser a invertir sus energías en fiestas orgiásticas que pudieran durar días, noches; hasta temporadas. Peligroso su consumo si no se hace con medida, o si no se es un soldado que por su épica constitución aguante el poder mágico que contiene dicha infusión.

Entonces, Midori toma su almohadón; al paso, toma el samisén que reposa en la pared, recuesta sus rodillas sobre el objeto acolchonado, y toca despacio, lento…

Sechiro lo siente. El aire, las luces, la noche que ya llega; los observan. El amante tiene cerrados sus ojos, en un trance que lo pone más y más beodo y al rojo vivo; «hum»…, «hum»…; su cabeza gira concéntricamente, llevando a su consciencia a otro mundo, así tan sólo por un momento. Aquellas cuerdas violentadas por tan bella mano resuenan en un eco que traspasa planos impensables; cada golpe aumentando su fuerza, velocidad; el ritmo primero sonaba melancólico, dulce; y ahora Sechiro sabe que el tono sube, junto a lo rápido que van los acordes; entretanto, su corazón palpitando más fuerte; más fuerte…

Espectros incoloros pasean a la vista, de algunos Sechiro conoce su nombre, de los otros, herméticos, eternos han escondido sus identidades de las almas de los mortales. Y el amante ya no está en su lugar; lo mismo, lo mismo. Voltea ver a su esposa, ahora hecha una posesa de la música infernal; el guerrero, ahora de pie, tiene los ojos bermejos, de toro encorajinado; le toma un brazo, apretándolo, y del otro toma el samisén y lo rompe sobre un soporte, haciéndolo añicos.

Los pulsos son muy fuertes y Sechiro respira como un diablo.

El amante toma a la mujer amada, la carga entre sus brazos, no sin atestarla con su lasciva lengua a aquellos rosáceos pezones, pendientes de acabar con la morada nívea, hasta desterrarla de esos aposentos tan bellamente oblicuos. Van, a pasos agigantados, traspasando a los espíritus de zorros que ríen a su paso, y de ahí al cuarto matrimonial.

La hará suya —de nuevo—, él lo sabe.

Por eso los sigue también, excitado, erecto, como si su miembro lo guiara hacia el aposento de los amantes apócrifos. Aquellos seres se carcajean al traspasar su velo espiritual, Sechiro no sabe si de burla por cornamenta, o tan divertidos de ver como su pene pareciera el de un poseso. Sin embargo, sigue y llega con la pareja que se disfruta en la fina cama donde Midori fue desvirgada por él mismo.

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Pero ahora es otro hombre, uno más alto, fuerte, vigoroso. Ella ya lo estaba desnudado cuando Sechiro se frotaba el entremedio. Las luces menguan, tal como la luna que está afuera, delgada, empero, diabólica. Los gemidos… Sechiro, sus ojos sempiternos de juzgar a los otros, se masturba frente a su mujer siendo mancillada por ese, el amante.

Y el pene, desproporcionadamente enorme, crece a desmedida humana. Los espíritus giraban, y giraban, no obstante, ya esos con formas de animales habían huido, ahora otros extraños, con máscaras de kabukis, de emociones aberrantes, deambulan en la escena sexual, dominando con colores de tonos del averno. El vestido de Midori cae al suelo como si fueran marchitas hojas de otoño, recubriéndolo con su esplendor mortecino…; el miembro seguía creciendo, es sobrenatural.

Sechiro está sorprendido.

Ahora ella lo mira a él, y le sonríe, pícara. Sechiro no cambia su aspecto, porque ahora se dedica a masturbarse con más vigor. Midori abraza al amante esperando ser traspasada por aquel ariete de carne y hueso; el guerrero por supuesto la toma por las caderas, la sube un poco, y el pene no entra de inmediato, demasiada estrechez, cual dolor que se torna luego placentero; los fluidos de Midori recorren a ese monstruo que parece beber de ese líquido genital.

Voces, voces del más allá… también excitadas como estos humanos.

Lo vuelve a intentar, y ahora la cabeza entera entra: un grito de dolor, o más bien, un aullido, en el que Midori parece desfallecer y en el acto terminar con su inconsciencia. Pero no, aun cuando su otoñal vestido se moja con su propia sangre, algo en ella cambia, un éxtasis de locura que relame sus labios por el tremendo masoquismo que pasa su vagina.

Ella mira al amante, ahora con dientes enormes, un chamorro en vez de boca y nariz, un cabello largo, grueso y brilloso; los ojos disparatados, sumamente cachondos.

—¡Hazlo, te lo ordeno! —grita las únicas palabras dichas por Sechiro.

 Esa cosa empuja más adentro y Midori chilla más; y más; y más.

Se escucha un relincho espantoso, y aun así siguen copulando sin que Sechiro detenga la escena atroz que está presenciando. Sin embargo, su mujer parece estarlo disfrutando. Midori está y no está ahí con ellos, sus sentidos se han elevado, como aquel pene que no para de reventarla desde adentro.

De este modo prosiguen, sin que Midori dejara de temblar por las multiorgásmicas sensaciones que experimenta. El hombre equino suelta vapor desde su hocico con cada jadeo macabro.

Los demonios tuercen sus miradas con libídine análoga; el ritmo sube, Midori pudiera morir del placer. Pero todo tiene que terminar: aquella bestia-hombre llega a la cúspide y un grito espasmódico, confundido con el relincho infernal de un caballo, se viene a chorros dentro de la delicada mujer, explotando, vertiendo semen, salpicando el piso, contaminando a la poca sangre que había debajo de sus desnudos cuerpos.

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En eso, el filo de un arma brilla.

Es Sechiro con su wakizashi. Aquel miembro enorme de pronto se despega de su portador y los relinchos, antes de placer, ahora son de sumo dolor. Los onis ríen a carcajadas. Sechiro tiene una máscara horrible en su cara: es una representación de él y también sonríe como los demonios que los acompañan. Midori cae al suelo, ahora sin ser protegida por el bestial amante. Ella no responde, sólo convulsiona, cada vez menos, y menos…

Otro corte diestro que le rompe dos arterias aquel hombre-equino… la sangre chispea, luego fluye como una cascada luciferina… hasta que el guerrero, con los ojos bien abiertos, cae al suelo, bañándose con su propio líquido vital.

Los espíritus desaparecen.

Las noches de triste agobio se habían acabado. Ahora todo eso que lo hacía sentir castrado de honor ya no existe más; eso que lo recriminaba con creencias de que su persona no era lo suficiente para amar, que o le falta un poco o mucho, que su melancolía no era propio de un hombre… eso ha quedado atrás. Muerto. Irrevocablemente muerto. Ya no tiene que sentirse un sujeto sumiso al excitarse porque otro hombre folle a la que era su tierna esposa.

Todo eso no volverá a pasar.

Ahora Sechiro toma su arma, la pone frente a él, apuntando hacia el abdomen; con ambas manos empuja y ésta atraviesa la carne: del dolor intenso chilla y queda paralizado por un momento. Luego, respirando hondo, y un corte horizontal saca a sus entrañas, mezclando su líquido rojo con el del amante y su otrora amada esposa.

Los tres en el suelo; el amante mirando al lado Este; Midori hacia el cielo; Sechiro al suelo, apuntando al Oeste, escapando su huidiza psique hacia más allá del planeta… lejos de la austera vida entre los mortales.

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