Murallas invisibles: Parte 1

Suspiros…

Probando, probando…

Vale. Esta cosa todavía funciona.

Y bien, estamos a tal año, no recuerdo el día, pero creo que es mayo.

Llevaba tiempo sin grabar nada, me la pasaba viendo al techo o imaginando nubes, algo que fuera claro y límpido. Nada como aquí, no como este lugar; perdido en el tiempo y en el espacio. Un exabrupto de la creación. Yo antes creía que sería lindo vivir sin alguna actividad para existir, solo que pasaran las horas, ahorrándome penas.

Pero llegué a esto.

Hace mucho que dejé de sentirme solo. Nomás me pasa que… estoy aburrido. Aburrido de aburrirme.

Bueno, termino. Si acaso tengo ganas grabaré más.

Chao.

Raro, pero me sentí inspirado, como hace épocas que no. Me llamo Germán, o como quieran llamarme. Perdí el sentido del tiempo, de mi nombre, de sentirme algo. Soy un pozo seco de propósitos. Desde que recuerdo, me encuentro desquiciadamente encerrado dentro de una cabaña en alguna parte de S., una provincia de M., mi país.

Hablo de esto como si fuera la primera vez. Maldita sea. Esto va en círculos, en un bucle sin fin. La novedad es que sé que el tiempo tiene nombre y apellido, con una personalidad muy pícara. He caído en una de sus pesadas bromas, la peor: me dejó solo, en un pedazo de tierra donde su poder no llega. Donde el tiempo no pasa, pues.

Sí. No pasa.

Haré un experimento.

Tomé otra de mis grabadoras, aun funcional, y estoy grabando en esta que tengo en mi mano derecha lo que se reproducirá en la izquierda. Una grabación de mi grabación. Quizás encuentre respuestas. Quizás, sí, mate al tiempo.

Matar al tiempo sería una bendición. Ese maldito ser abstracto me atrapó aquí y me drenó todo. Todo. Ahora encenderé esta maquinita, hecha por unos chinos, y posiblemente caeré dormido, pero seguirá grabando hasta que ya no pueda. Ojalá tuviera qué beber. Creí que no extrañaría más a la bebida.

Como sea. Ahí va.

El departamento quedó limpio. Pulcro. Dejé que muchos fantasmas del pasado se salieran por la ventana y ese día me sentí muy alegre. Le dejé una carta a Rosa Alba, para ver si la leía después del viaje. No sé si a ella ya le importe lo que yo haga con mi vida, no obstante, espero que lo escrito deje las cosas más claras después de su lectura. Y si no, pues qué bueno que me fui.

Si algún día escucho esta grabación, ojalá que sea con una sonrisa y que siga feliz por mi decisión.

Adiós. Quién sabe si hasta luego.

Creí que no iba usar esta cosa de nuevo. Pero me estoy volviendo loco… No, no… Estoy incapacitado de pensar con coherencia. El ocio me tiene mentalmente agarrotado. Han pasado dos días y no sé nada de nadie. Uso mi  grabadora por si llegara a necesitarse, para lo que sea. Si viene la policía, pues que sepa lo que viví aquí. Tuve que borrar el audio del bautizo de mi sobrino. Nunca se lo envié a mi hermano.

Bueno, espero no borrar más.

Mierda. Hace frío.

Hoy es dieciséis de mayo, son las veinte menos cuarto, y llevo casi media botella de un tal bacanora. Básicamente es un mezcal, con un sabor más dulzón. Muy fuerte el golpe.

No está mal, eh…

Creo que estoy ebrio.

Recuerdo aquel primer día en que llegué a la capital de S. y me vi con mis amigos Paul y Jesús. Estaban muy raros la primera vez que los miré en persona. Eran un poco diferentes a como los conocía en fotografías y videos. Sin embargo, el júbilo llegó y el plan de rodar por su terruño siguió en pie.

Maldita memoria, a veces es muy nebulosa. Los veo dentro de mí como si fueran caras sombrías, sin ojos, sin vida. Sonriendo todo el tiempo. Pero no fue así, eran como cualquiera, jóvenes ordinarios. Los tres estuvimos nerviosos por varios días, preguntándonos cosas que ya sabíamos de nosotros. Comí asados muy ricos y bebimos hasta hartarnos en un jueves. Creo que fue un jueves.

Hay veces que puedo escuchar sus voces, así como si estuvieran aquí, a mi lado.

Necesito aun psiquiatra…

Me los imaginaba con sombreros y bigote, botas de vaquero y a caballo. No era broma, realmente así pasaban por mi mente. Prejuicios culturales, supongo. Como sea, los quiero mucho a esos dos.

Claro está que soy muy sentimental, pero más cuando no tengo buena música qué escuchar. Ojalá no tarden esos hijos de puta en mandarme los discos de mi casa, o algo local que suene bien. Necesito música, vivo de ella.

Bueno, sin más divagaciones, les cuento a ustedes, es decir, a mí, para no sentirme tan solo y atolondrado, en cómo demonios acabé en este maldito lugar. Sí, no fue tan imprevisible porque, como a todo aficionado ciclista, me encantan las cosas como dar vueltas por el mundo, sin importar tanto los riesgos por los que podríamos pasar, como el que te chupe un agujero negro y desaparecer, o que te caiga un maldito rayo en medio de una tormenta. Yo mismo fui el tonto que convenció a los hermanos de que hiciéramos realidad nuestro plan.

Pendejo de mí. Yo me condené a esto.

Yo y los hermanos, muy contentos, ya llevábamos recorridos como unos doscientos kilómetros hacia el norte. Antes comimos unos ricos tacos de cabeza y me dio una ligera diarrea. Habíamos pasado por una villa llamada M., o con un nombre similar, y era hermosa para lo horrible que es N., la ciudad que era nuestro destino. Saludamos a algunos habitantes, levantamos a un santo que llevaba décadas dormido (Jesús no pudo con él) y le compré un rosario a mi mamá.

En la noche, ya que nuestras lámparas no iluminaban lo suficiente, paramos para acampar. Pensamos que sería divertido ingerir unos psilocibios en medio de la nada, por un cerro anónimo que afortunadamente ellos conocían. Comimos a esos seres amorfos frente a una fogata. Nos sentimos ancestrales. El viento soplaba fresco y rico como llamándonos desde tiempos muy antiguos. Era como si nos conectáramos con nuestros antepasados que vivían de lo que la tierra les daba, para luego volverse polvo.

Después vimos que las estrellas danzaban en círculos maravillosos. Les dije que veía una galaxia entera y ellos también la miraron. Estrellas viajaban y chocaban entre sí; un maremágnum cósmico pasó por nuestros sistemas sensoriales. Sentimos a todo el universo en un cristalino instante.

Fue tan bello como apabullante.

En la mañana siguiente, con un frío espeluznante, absorbidos por una niebla que me agarrotó, despertamos con resaca y miedo, porque, mierda, parecía que estábamos en un filme de terror. Paul tenía tos y Jesús se había orinado los calzones. Tuvo que desecharse de ellos. Sin embargo, eso no fue lo que realmente nos aterró más. No. Era que había aparecido una cabaña al lado de nosotros. Como por arte de magia.

Jesús, igual de sorprendido, me preguntó que si la cabaña ya estaba ahí antes de que ingiriéramos los hongos, y le dije que no, que bien caminó hacia nosotros o se había manifestado por medios de enigmática brujería. Nadie rio a mi involuntario sarcasmo. Ni yo lo hice. Paul después me amonestó porque creía que era una pendejada. Lo era, obviamente lo era. Después nos tranquilizamos, tomamos agua y nos vimos los unos a los otros. No tenía lógica nada de esto. Nomás quedaba la teoría de que tuvimos un tipo de amnesia colectiva, que no era tan raro según ciertas teorías científicas. Algunos amigos drogadictos me lo han confirmado. Lo malo es que estudié periodismo y no podía refutar nada de eso.

Aquí va otro dato extraño que me viene a la mente: la voz de Jesús cambió, yo lo sabía, pero no quise decir nada al respecto; ya estábamos lo suficientemente asustados como para ponernos en peores condiciones.

Comencé a sentirme mal y más mal conforme nos alejábamos de ese espeluznante sitio; primero era un inexplicable cansancio, luego pasó a una pesadez fantasmagórica que recorría todo mi cuerpo, como si perdiera el control de él; se me iba el aire de los pulmones, quería respirar y no podía hacerlo. Les dije entre balbuceos que no me sentía bien, que me estaba muriendo; no obstante, en vez de preocuparse, ellos se mofaron de mí con esas sonrisas malévolas que no se apartan de mi desatinada memoria. Eran muy diferentes a los que apenas llegué a conocer en ese viaje. Cuando me vieron vomitar —casi agonizando—, su aspecto cambió y me auxiliaron con lo que pudieron. Estaban aterrados porque comencé a rezar el Padre Nuestro. Yo era ateo.

Ya mejorado, pues dejé de vomitar, a ambos se les ocurrió algo. Paul me dijo que retrocediéramos unos diez metros —en dirección de la cabaña—, cosa que no discutí y acaté como autómata porque estaba atolondrado. Paso a paso me sentía más aliviado, les informé las buenas nuevas. Presentía victoria en sus caras. Ahí supe lo que tramaban: estaban experimentando, conmigo. No esperé a que me mandaran a hacer otra cosa y me solté de sus brazos para vomitar otra vez, pero ahora pura bilis. Me ardían el esófago y la garganta. Mierda. Recuerdo que sentí un tremendo vacío en el estómago… Sentí que mi espíritu se iba con los repugnantes líquidos.

Susurros pasaron por mis oídos y el espacio en el que estaba se hizo más estrecho. Y lúgubre.

Un abominable presentimiento me decía que ya estaba condenado. Estaba viviendo mi propia película de terror, en una parte lejana de casa. Mi madre me extrañaría mucho. Rosa tal vez también.

Sí, todo estaba perdido de algún modo.

Trece de enero…, a las… cinco de la mañana, o algo así.

El maldito reloj dejó de funcionar, así que calculo con mis santas habilidades de astrónomo y aventurero en dos ruedas; utilizo, pues, ese reloj biológico que me sirve una mierda en este lugar… Ya ha pasado casi el año en que les conté lo sucedido. Me veo a un espejo y puedo ver a una piltrafa que se llamaba Germán. No dejo de pensar en lo maldito que estoy; aprisionado en este sitio perverso, dentro de esta detestable cabaña.

Hay comida, lo cual puedo agradecer a mis amigos. Ellos y mi familia me han visitado. Mi madre no paró de llorar al verme por segunda vez. Yo también lloré con ella, y así continué por varias noches. Hasta que me sequé y no pude llorar más.

Todos han venido de negro, con gestos muy diversos. De algunos no podía recordar el nombre, y me comí las uñas. Estaba desesperado. Vivía en una elegía constante, en este eterno funeral, mi propio funeral, donde estoy despierto y todavía no veo a nadie muerto. Desearía parar de respirar y ya.

También vinieron reporteros y un forense. Me entrevistaron. Les dije que yo también era periodista, pero no hicieron caso. Solamente era su fascinación, su nota amarilla. Les contesté lo que pude y hasta me filmaron vomitando en las limítrofes de esta misteriosa cárcel. Para ellos fue emocionante, para mí una vacuidad que no se podía volver a llenar en su totalidad.

Les dije que esto no era un circo, que se fueran. Me sentí lastimado. Intentaron volver los reporteros, pero les tiré caca en sus caras y ahí sí ya no volvieron jamás.

Me trajeron un periódico, me dijeron que era un tiraje especial, porque ya no los imprimían. Yo aparecía en la segunda página, como una historia vieja y fantasmal. Era el «Hombre Atrapado».

Y sí, sí lo era.

Me levanté esta mañana y a nadie podía recordar por completo.

Se me olvidó el segundo nombre de mi madre.

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