Acero rojo, estrella negra: así respondieron los dioses

 

 

III

De la tienda del general salía mucho vapor y del suelo a su alrededor comenzó a brotar magma, al mismo tiempo se escuchaba un cántico que iba in crescendo; cuando esta salmodia llegó a su apogeo, la lona de la tienda se prendió y de entre las llamas, que rápidamente la consumían, surgió un hombre ardiendo. Mientras la figura avanzaba por el campamento, varios seguidores del ejército se interpusieron en su camino, asombrados por lo que veían y tarde comprendieron su error al ser calcinados por el simple roce con aquel ser.

El soldado continuó impertérrito su avance, el pensamiento de llegar al campo de batalla era lo único que dominaba su mente. Detrás, la tienda quedó consumida y entre las cenizas yacía el cuerpo inmolado de Sigurr el sabio, que en su mano aferraba una piedra carbonizada.

Al avanzar, las llamas se extinguieron y se desveló una armadura completa de color rojo; no había ningún resquicio en donde se pudiera ver quien la portaba, el yelmo cubría totalmente el rostro sin siquiera una apertura para los ojos. Una capa colgaba a espaldas de la coraza andante y una espada larga en su funda estaba atada al cinto. La empuñadura de esa espada era la misma que la de Gent Aermann.

 

 

Un soldado de reconocimiento llegó al galope al lugar desde donde comandaban los dos generales durkki y sin demora se dirigió a uno de ellos, Galvin Pertten:

—Señor… Traigo nuevas del campamento… —estaba nervioso y constantemente volteaba hacia su espalda.

—Lo escuchamos, soldado.

—Un caballero… desconocido… se aproxima desde allá. Un par de los exploradores intentaron interrogarlo, pero los ignoró. Cuando lo trataron de detener, desenfundó su arma y de un solo tajo, decapitó a uno de los caballos —varias gotas de sudor comenzaron a escurrir desde su frente.

Dion Rulmenn, el otro general, acercó a su montura a la del explorador.

—¿El rey está bien? ¿Cuál es el estado del campamento? Responda.

—El rey está a salvo, y en el campamento… Murieron alrededor de media docena de seguidores… Y la tienda del general Aermann fue consumida por un fuego que emergió del suelo —ahora todo su rostro estaba perlado por una capa de sudor.

—¿La tienda de Aermann quemada? —interpeló Pertten.

—Hasta quedar en cenizas, señor.

Ambos hombres se miraron confundidos. Cualquier cosa por la que se hubiera marchado ese joven loco, parecía tener que ver con el misterioso caballero que se aproximaba a ellos.

—Regrese a sus tareas, soldado —lo despidió Pertten—, y comuníquele a su unidad que no vuelvan a interponerse en su avance. Nosotros lidiaremos con él cuando llegue aquí.

El explorador espoleó a su caballo y se alejó de ahí.

 

 

Nadie más le salió al paso y pronto escuchó el rugido del combate. Aceleró su andar, el ansia de la batalla consumiéndolo. Rulmenn y Pertten, acompañados de una guardia de caballeros de élite lo interceptaron; el desconocido se detuvo.

—Sé que eres tú, Aermann, el que está dentro de esa armadura —dijo Dion—. Y también sé que esto es obra de las magias arcanas de tu gente. No obstante, comprendo que lo que hayas hecho, fue por el bien de Su Majestad Roudolf y del reino.

No hubo respuesta alguna de parte del hombre.

—Así es que ve y haz lo que tengas que hacer para ponerle un alto a esos miserables bárbaros —Galvin golpeó su pecho del lado del corazón, sacó su espada y la elevó—. ¡Por Durkkientel! ¡Por Roudolf! ¡Por Norr! Dion y los caballeros corearon sus palabras.

Sentían el poder que emanaba del interior de la armadura, un poder incontenible que vería su fuga a través de la espada. Si alguien podía decantar el curso de la guerra, ese era él.

Continuó su avance hacia la lucha.

 

 

Un chillido precedió el estallido de los muros de la Casa de los Astros; lo que emergió fue una criatura que jamás se había posado en este mundo, un habitante de los más añejos rincones del cosmos.

Con pesadas pisadas el ente caminó hasta el borde del cráter y se detuvo; de entre los escombros del ancestral templo salió la Eternia, en su piel desnuda los tatuajes que representaban la constelación brillando como las estrellas en el firmamento.

—¡Zomoth! —levantó los brazos al cielo—. Padre Dragón. Llévanos hacia la victoria. Que el enemigo de los zelphos sea aplastado por tu inmensurable poder —tras decir esto, la mujer cayó al suelo, toda su energía vital consumida por la llegada del oscuro ser a ese mundo.

Zomoth prosiguió su andar: era una enorme masa verdosa, tan grande como el mismo templo del que había salido, agrietando el suelo con cada paso que daba; de su torso se proyectaba un largo cuello que remataba en una pequeña cabeza; de ésta brotaban un sinfín de cuernos de varios tamaños y un agudo pico; sus brazos eran muy gruesos, como troncos de árboles, el izquierdo terminaba en una tenaza y el derecho en tres garras; tenía una cola reptiliana; sus patas eran paquidérmicas.

Mientras avanzaba, los cielos se oscurecieron y una noche prematura cubrió la tierra; vientos huracanados desataron su furia; relámpagos asomaron entre las nubes; temblores sacudieron la tierra. En su insondable mente podía ver lo que sucedía en el campo de batalla… Y algo más: una extraña presencia también ajena a este mundo, poderosa por su propio merito, pero ni por asomo tan antigua como él. Apenas un parpadeo en la infinitud del universo, uno de los nuevos dioses que los mortales sin ascendencia estelar adoraban y daban por únicos. Este ser era la manifestación terrenal de una entidad incorpórea habitante de uno de los muchos planos.

En su ojo interno observó al joven dios arrasar con los zelphos, sembrando la muerte al blandir su espada. A pesar de que su poder era superior y cargaba la sabiduría de los eones, entendía que no sería buena idea subestimarlo, estas entidades compensaban su corto tiempo en el tejido del cosmos con un tenacidad y tozudez increíbles. Sería un duelo interesante, el más interesante desde aquella guerra con los Fundadores.

Al siguiente instante, los gritos agónicos de humanos y zelphos lo alcanzaron; el campo de batalla estaba bajo su mirada. Un resplandor rojo brillante como un remolino de destrucción se movía con una velocidad vertiginosa entre los combatientes, y una nube de vapor envolvía el terreno.

Era una divinidad del fuego, algo que no pudo atisbar con su ojo interno. Sin duda sería un duelo interesante.

 

 

IV

En ocasiones, cuando los mortales no pueden zanjar sus insignificantes asuntos, imploran a sus dioses para que los socorran, a esas entidades que están más allá de su comprensión, pero que sin dudarlo creen, con toda la convicción de sus corazones, en su piedad; creen que sus actos son desinteresados y lo único a dar a cambio son plegarias, fiestas en su honor y obediencia a reglas que ellos mismos, los mortales, crearon. Sin embargo, están muy equivocados; a esos seres supremos no les interesa en lo más mínimo los menesteres terrenales y si responden a tales llamados y deciden interceder, es simplemente por salir del hastío de una existencia incalculable, por encontrar divertimento en juegos sin importancia o hacer sentir su presencia. No obstante, algunas veces estos juegos se convierten en algo serio, un reto en el que puede peligrar la existencia del mismo dios; un momento en el que verdaderamente importa demostrar el poder para así persuadir a cualquiera que intente romper el orden de la Creación.

 

 

Guggront, dios de la guerra y el fuego, que había tomado posesión del cuerpo de Gent Aermann para manifestarse entre los hombres, se movía como un vendaval entre las fuerzas enemigas. Desde su arribo al combate habían caído casi la mitad de los sanyos, y también varios durkki, bajo su implacable filo.

Ahora se encontraba a mitad del terreno y lo rodeaba un grupo de mastines; los enormes perros gruñían amenazadoramente mostrando sus grandes dientes. Guggront no se inmutó ante la amenaza, si centenas de espadas no lo amedrentaban, menos unas cuantas bestias. Uno de los animales ladró y se abalanzó, los otros lo siguieron. Trataron de morderle los brazos y piernas, pero les fue imposible; el primero que saltó se encaramó en su espalda buscando clavarle los colmillos en el cuello. Cansado de esto, decidió ponerle fin de una manera rápida; agarró al mastín que estaba subido en él y lo arrojó al suelo quitándoselo de encima; con un movimiento fluido le aplastó el cráneo con la bota y acto seguido hizo un arco con su filo y rebanó a otro por la mitad. Con ambas manos levantó a un tercero y le rompió la columna. Así los despachó, con calculada precisión.

Cuando ya se hubo librado de esa molestia, notó que los sanyos habían aprovechado su distracción para reagruparse. A pesar de que muchos de los suyos cayeron en unos instantes, nunca perdieron su resolución; los sanyos siempre peleaban hasta la muerte, sin importar que lo hicieran contra una divinidad.

Los soldados del Ocaso gritaban, arengándose entre sí, las hojas curvas de sus espadas ansiosas por chocar contra el acero rojo de su enemigo. Con la mirada al cielo, lanzaron un último bramido, entendían que morirían y estaban encomendando sus almas a la bóveda celeste. En respuesta, el filo de Guggront se prendió en llamas; estos insolentes mortales lamentarían hacerle frente al más fiero de los Norrlomdin.

Los sanyos se arrojaron con la furia que sólo se consigue cuando se está seguro de que no volverá a verse otro amanecer. El primero de ellos fue recibido por un tajo que traspasó su armadura a la altura del pecho e inmediatamente lo envolvió un fuego tan ardiente que fue reducido a cenizas en pocos minutos. El resto de los guerreros titubeó al ver esto, mas su vacilación apenas duró unos momentos y se arrojaron para intentar acabar con el supuesto dunkkir.

La espada roja golpeó a la derecha y luego a la izquierda, una cabeza se desprendió de un cuerpo y un torso fue atravesado de lado a lado; dos cuerpos cayeron al suelo quemándose.

Entonces…

Un temblor sacudió la tierra, el cielo se oscureció y el viento arremetió; cargas eléctricas danzaron entre las nubes. Guggront sintió la avasalladora presencia de un primordial, esos entes que ni los mismos Norrlomdin comprendían. Si su sola presencia era tan abrumadora, no quería ni imaginar la magnitud de su poder. Pero era algo que no importaba, nadie se interpondría en su camino hacia la victoria, ni siquiera este habitante de los confines del cosmos.

No hubo reto alguno, simplemente un intercambio de fuerzas que arrasó con todo.

Zomoth barrió el campo con su tenaza y los que ahí se encontraban quedaron aplastados. Todos, menos Guggront. El dios del fuego, con un enorme esfuerzo, detuvo el barrido de Zommoth, y tras sostenerlo lo jaló hacia abajo.

El Dragón trató de agarrar entre sus garras a su rival, pero éste se movió como un relámpago y trepó por el enorme brazo. Ascendió por toda su extensión hasta el hombro del descomunal ser. Su espada ardió aún con más intensidad y la descargó sobre el cuello del primordial; al hacer contacto con la piel, el acero se apagó quedando tan gris como cuando era la espada del general.

Las pálidas pupilas de Zomoth se enfocaron en el Norrlomdin, las nubes destellaron y un rayo lo golpeó directamente en el yelmo. Luego lo impactó otro, y otro, y otro más. La andanada duró apenas unos segundos y cuando el trueno enmudeció, Guggront se encontraba hincado sobre una rodilla; la furia del ataque había sido brutal, no obstante, para derribar al Norrlomdin hacía falta mucho más que eso. Un violentísimo viento soplo: árboles, cuerpos de hombres y caballos y los campamentos militares, fueron arrastrados para perderse en el horizonte; no quedó mortal alguno con vida en varios cientos de kilómetros a la redonda, incluso Roudolf XXIII pereció.

Ahora sólo era una lucha de poderes cósmicos… Siempre lo había sido.

Guggront tuvo que clavar su espada en el hombro del Dragón, mas ni aun así pudo resistir el embate y, desgarrando la piel del primordial, salió despedido por los aires.

Soltó un iracundo grito con el que invocó toda su reserva de poder divino; era cuestión de matar o morir, y no estaba dispuesto a caer tan fácilmente.

Mientras era conducido por el viento, el Norrlomdin creció triplicando su tamaño plantándose en el suelo. Su filo, ahora equivalente a su tamaño, volvió a arder y su armadura se encendió al rojo vivo. Los nombres de sus hermanas y hermanos de panteón acudieron a sus labios, una plegaría en esos momentos finales. Se lanzó al ataque decisivo.

Trazó un arco descendente con su arma e hirió el abdomen de Zomoth, inmediatamente después un golpe de abajo a arriba. El Dragón estaba herido, de las laceraciones manaba humo negro. Guggront se preparaba para dar una estocada mortal cuando las garras impactaron en su coraza; el mágico metal se abrió revelando un remolino de fuego en su interior. El Norrlomdin gimió de dolor y antes de que pudiera reaccionar, la tenaza lo aprisionó, comenzando a resquebrajar la armadura hasta casi destruirla por completo.

Súbitamente Zomoth lo soltó y su maltrecho cuerpo quedó tendido en el suelo.

El Dragón lo contempló. Sus ojos se oscurecieron tanto que asemejaban dos puntos de vacío. Atrás de Guggront apareció una esfera oscura que irradiaba energía como si de un sol negro se tratara. La esfera aumentó su volumen y comenzó a succionar al joven dios; antes de ser despedazado y consumido por completo dejó escapar un agónico gemido. El dios del fuego y de la guerra de los Norrlomdin había dejado de existir para siempre.

Zomoth no sintió gozo con su victoria, ninguna sensación pasó por su interior, simplemente dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia el templo para regresar a su morada entre las estrellas.

 

 

El agujero negro continuó aumentando de tamaño devorándolo todo a su alrededor; así seguiría hasta que no quedara nada en esta diminuta porción del universo, sólo una cicatriz en el tejido cósmico como testimonio del grandísimo poder y la indiferencia de los Hijos del Gran Caos.

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