Limbo

 

La niebla estaba muy espesa, no podía ver más allá del espacio inmediato a él; al frente, atrás, a los lados, todo era de un blanco lechoso. No entendía qué hacía ahí, recordaba haber estado leyendo en su sillón favorito y de pronto escuchar una melodía apenas perceptible; después sintió algo muy extraño, un desprendimiento: se elevó y mientras flotaba vio que aún se encontraba en el sillón aferrado al libro. Se observó casi sin reconocerse, nunca antes se había percibido de esa manera, como dos entidades completamente diferentes, desasociadas; una real y la otra un mero contenedor. Al elevarse se vio envuelto en un remolino, un caos de energía… Y se perdió para después encontrarse en… No lo sabía.

¿Cuánto llevaba en este «aquí»? ¿Minutos?, ¿horas?

No sabía qué hacer. La desesperación lo agobiaba, y también el temor de estar perdido en ningún lugar. Decidió caminar, quizá llegaría a alguna parte, o quizá no. No obstante, aunque parecía andar, nada cambiaba; bien podría sólo estar moviendo los pies en el mismo sitio y no lo notaría.

No tenía sentido de la orientación, creía ir en línea recta, pero tal vez sólo daba vueltas. Empezó a sentirse agotado, ahora sí estaba seguro de que había transcurrido mucho tiempo. Se sentó, no tenía otra opción. Finalmente, a lo lejos, escuchó la misma melodía de antes; le llegaba de manera sorda, apagada por la calígine. No obstante, el sonido le dio una referencia. Se puso de pie y echó a andar de nuevo.

Anduvo y anduvo, siempre atento para no desviarse del rumbo correcto. La canción no variaba en su intensidad, sin embargo, en algún punto vio un poco de color a través de la nebulosa cortina; opacos colores a la distancia: amarillo, rojo, azul, púrpura, verde, rosa, cian. Sin dudarlo en ningún momento se dirigió hacia ellos; era precisamente el lugar de donde también provenía la tonada.

No hubo una transición, la niebla no fue haciéndose más ligera; el cambio fue tan súbito como si hubiera atravesado un muro… Y detrás de ese muro había un perfecto círculo de claridad.

Frente a él se encontraba un carrusel, que en su parte superior tenía focos multicolores formando un letrero con el nombre «Limbo». De repente, el antes oscuro interior del tiovivo se iluminó: dos caballitos giraban y giraban acompañados por esa melodía de su infancia. Se acercó; la desesperación, confusión e incertidumbre, desparecieron al instante.

Subió a la plataforma y observó a los corceles de madera que estaban en lados opuestos: uno era blanco, su cuerpo en posición de galope, con una crin dorada que ondeaba a su espalda refulgiendo bajo la luz; el otro era azabache con la pata izquierda levantada dando un gallardo paso, y de su cuello y cola, en lugar de pelo, brotaban chisporroteantes llamas color naranja. Las expresiones en ambos también eran diferentes; el blanco mostraba ira mientras en el negro asomaba una de serenidad.

Miró alrededor. El carrusel era lo único existente, todo lo demás, al parecer, era un infinito de «nada»; niebla perenne que oprimía y asfixiaba. Y dentro de esta nada, lo más «vivo», aparte de la melodía, eran los dos caballitos. No era su imaginación, en verdad parecían estar vivos. Tampoco se trataba sólo de sus crines de oro y fuego, sino también de sus caras tan reales. Eso lo asustó mucho.

Se quedó estático, pensando. No había a dónde ir ni qué más hacer; al parecer estaba confinado a este reducido espacio, atrapado en el indiferente girar de esta atracción de feria. Tras unos momentos entendió lo que debía de hacer.

Ahora su dilema era en cuál de los dos montaría. Si se dejaba llevar por su primer impulso, subiría a lomos del corcel blanco; tan arraigado estaba en él asociar ese color con el bien y la paz; casi lo hizo en automático, no obstante, se detuvo. Si bien era la representación perfecta de lo positivo, había algo inquietante en su expresión. Asimismo, del otro lado estaba el negro con su ardiente melena, mezcla de fuego y oscuridad que siempre han sido asociados al mal y a lo prohibido. Un instinto primario le decía que se mantuviera alejado porque seguramente sería dañino, empero, su apacible mirada lo reconfortaba.

Debía tomar una decisión y subir a uno de los dos; hacerlo desencadenaría algo, tal vez el poder escapar de este sitio. Pero ¿qué pasaría si elegía mal? Porque también eso lo intuía. Había una decisión correcta y una errónea.

Sin detenerse a pensarlo más, subió al blanco. Inmediatamente el carrusel comenzó a acelerar y la música a subir de volumen. Todo se convirtió en un vertiginoso caos de luz y sonido…

 

Lo primero que escuchó al recuperar la conciencia fue un clamor y el chocar de metal contra metal; se encontraba en un campo de batalla. Frente a él se libraba un cruento combate entre dos ejércitos. Estaba montado sobre un caballo blanco con crin amarilla y vestía una armadura de malla sobre la cual llevaba una túnica negra. A su alrededor había varios soldados también a lomos de monturas; uno de ellos, el de su derecha, portaba un estandarte con una cruz roja en un fondo dividido horizontalmente en negro y blanco.

El caballero a su izquierda lo miró y asintió con la cabeza, después gritó y salió al galope seguido por los otros mientras desenfundaba su espada. Su caballo se lanzó impelido por la excitación del inminente encuentro. Como si toda su vida lo hubiera hecho, de manera muy natural, sacó el arma de su funda y la blandió contra el primer enemigo que encontró a su paso, cercenándole la cabeza. Con esa primera sangre derramada, una furia demencial se apoderó de jinete y montura. La bestia, bufando y con espuma en el hocico, avanzó imparable pisoteando los cuerpos regados por el terreno mientras su amo sumaba más muertes en las filas enemigas. Era una horrenda danza macabra…

Los oídos le zumbaban, su visión era borrosa y ya no podía sostener su brazo en alto; desde la mano hasta el codo estaba empapado en sangre. Ya no quedaban más enemigos en pie, la arrolladora caballería barrió con todos los que osaron enfrentársele. El sangriento día había terminado con una gran victoria para el virtuoso ejército.

Un grito de júbilo se elevó en el campo de muerte y los vencedores se retiraron a su campamento para celebrar y descansar…

Con un tarro de vino en la mano se dirigió a los corrales, y mientras caminaba se felicitó por su elección en el carrusel. No podía ser mejor, ahora era un caballero de la edad media combatiendo en el lado de los justos. Al llegar acarició a su animal agradeciéndole por su coraje, pero éste se mantuvo en la misma posición, sin moverse. Tras unos momentos se dio cuenta de que ni siquiera respiraba; estaba ahí, inerte como el caballito de madera del carrusel. Esto lo desconcertó y se fue de ahí de regreso a las tiendas, pero al alejarse volteó; los ojos del animal lo seguían, penetrando en lo más profundo de su alma.

Entre la algarabía de sus compañeros, pronto se olvidó de lo sucedido en los corrales. Sumamente cansado y un poco ebrio se fue a dormir, expectante por lo que vendría al día siguiente. Seguramente algo muy bueno…

 

Lo primero que escuchó al recuperar la conciencia fue un clamor y el chocar de metal contra metal; se encontraba en un campo de batalla. Frente a él se libraba un cruento combate entre dos ejércitos. Estaba montado sobre un caballo blanco con crin amarilla y vestía una armadura de malla sobre la cual llevaba una túnica negra. A su alrededor había varios soldados también a lomos de monturas; uno de ellos, el de su derecha, portaba un estandarte con una cruz roja en un fondo dividido horizontalmente en negro y blanco…

 

La quinta vez que sucedió esto, mientras cabalgaba detrás de los demás caballeros y desenfundaba su espada, se dio cuenta de haberlo vivido antes; ¿cuándo?, no estaba seguro, pero sucedía, hasta el mínimo detalle, exactamente igual. Con horror detuvo su avance a unos metros de la contienda y observó. Había olvidado el carrusel y lo ahí sucedido, sin embargo, esta revelación trajo el recuerdo nuevamente a su memoria. Soltó su arma y ésta cayó a un costado del corcel; ahora entendía todo: estaba atrapado en un bucle, su infierno personal, del que no podría escapar nunca. Condenado a repetir infinitamente esta lucha.

Nunca encontraría descanso… Paz. Pasaría la eternidad bañado en sangre, escuchando los gemidos de los moribundos, respirando el acre hedor a muerte. Su elección en el tiovivo había sido la equivocada y no podía hacer nada para remediarlo…  

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