El ruido está en nosotros: Parte 2

 

Desde de que el pleito entre nuestro egos se dio, yo no estuve de acuerdo en sacarlo de la cápsula, sin embargo, y a pesar de las protestas y mi cara larga, Elfdren sostuvo la iniciativa de que era necesario interrogarlo lo antes posible. Claro estuvo el asunto que nomás quería exponer que sus cojones eran los más grandes de nosotros tres. Suspiré como era debido, prefiriendo la visible derrota entre la diatriba, porque vaya que todavía era digno de mi loable intuición, y desactivé el módulo, no sin antes revisar cómo iban los parámetros: había un exceso de minerales que lo hubiera puesto en un coma inmediato… Pero después lo tuve ahí, en la camilla, sin el afán acostarse y reposar. El capitán parecía meditabundo, mirándome, pasando la mano derecha por su cicatriz y luego a su cuello; y de su cuello a su cicatriz; y así, de esta horrible manera, como traduciendo algo grotesco e ininteligible, que hasta a nosotros nos hipnotizaba tal acción. Cuando menos lo esperaba, me miró de nuevo, abrió su boca y vomitó sobre mí, de lo cual salió indolente y no se disculpó; y, como si nada hubiera pasado, el capitán prefirió volver a regodearse con su herida histórica y los demás permanecieron atentos a que el desecho no fuera mortal o de alguna capacidad correosa.

No lo supe, ya que teníamos los trajes puestos, pero de seguro apestaba horrible. Maldita sea, ver muchas fílmes de antaño nos hacía pensar en situaciones tan absurdas… Era simple desecho gástrico, y no pasó en que me limpiara con toallas y sanitizantes, de lo cual pude ver que mi traje quedó intacto. Qué fortuna la mía.

Al ver que la situación no cambiaba con esos toqueteos faciales, Sutts se cansó de mirar y lo interrogó sin importarle el trauma que ha de haber pasado ese tal Yūsha Kah.

—Necesitamos respuestas, capitán Yūsha Kah. Y necesitamos que vuelva en sí, por favor— a lo cual no hubo más que un eructo.

Seguía pensando en que cualquier momento colapsaría, porque todavía tenía conectados los sensores biométricos a él y nada de lo que había examinado cambiaba; y, no obstante, su piel había tomado color, hasta sus exiguos labios parecían adquirir cierta juventud que minutos antes tenían desprovistos.

Yo les sugerí que si mejor intentáramos conectarlo a un campo neurovirtual con un arranque temporal desde la máquina, así podríamos entrar más directo a su psique y ver con nuestros propios ojos lo que estuviera pasando dentro de su perturbada cabeza; pero, vaya, caí en cuenta que eso sería muy riesgoso, y Elfdren me ayudó en recapacitarlo, porque a duras penas había energía para mantener algunos servicios básicos de la nave; además, todavía arrepentidos, no teníamos más del equipo que el necesario, y no entendíamos por qué o quién tomó esa decisión de tal austeridad que ya era evidentemente torpe.

Y, aunque habíamos perdido la esperanza, el capitán habló solo.

—Si no han visto más que cadáveres y sus armas con sangre, ya han de haber intuido que esto posiblemente surgió de un amotinamiento o un golpe de locura que nos llevó a estas circunstancias, lo cual… —arqueó un poco sus cejas y párpados de manera convulsiva, por un breve, muy breve instante— Esencialmente eso pasó.

Otra vez sin palabras, esperando a que los siniestros de estas sorpresas dejaran de llegar y terminar con esta empresa lo más pronto posible, lo observamos por un tiempo para que extendiera su testimonio. No lo hizo.

Carajo, sentí unas extrañas ganas de estrangularlo, pero me contuve. Su pasividad. Su hermetismo. Él me veía, luego ya no. ¿Habría captado mis deseos violentos hacia él? Era como si mis emociones estuvieran expuestas en su psique.

—Díganos algo más, las razones, aunque sean generales, y si… De algún modo seguimos en peligro —Elfdren preguntó.

El capitán dejó de tocarse la horrenda cicatriz.

Tomé la precaución de volver a ver su estado biológico…

Adrenalina alta.

Sonrió, estoy seguro que sonrió de una manera tan sutil que yo solo me di cuenta de ello. Un extraño dolor de cabeza surgió como un aullido en mí, carraspeando quién sabe qué, como una voz chillona comunicándome algo que no era nada bondad, nada cordialidad.

Y…

Mi visión vibraba, lentamente. Las voces seguían, al parecer Elfdren Maiden tenía una discusión, mientras Freddie no paraba de frotarse los ojos. Vibraciones más fuertes. Elfdren tomaba los cables y dispositivos de seguridad de la máquina, haciendo averíos aquí y allá; Sutts se frotaba con vehemencia; todo era turbio, intenso, algo en mi cabeza taladraba mis fibras, porque era un ruido aterrador; asimismo prentedí sofocarlo a palmadas en las sienes, pero no se iba, no se iba…

Sangre en los ojos de Sutts, de ojos reventados y sonrisa macabra.

Elfdred Maiden estaba ahorcándose con los cables, hasta quedarse como una uva enrabietada…

Y el capitán, contento, surcaba con sus dedos jeroglíficos extraños que paseaban por sus mejillas; y la cicatriz, brillaba con una potente luz verdosa; y de ahí, también surgía sangre, a chorros en forma de cascadas.

Y…

Y…

Por fortuna, todo fue silencio y oscuridad.

 

Desperté y tenía una terrible erección que ardía como fuego. Podría explotar, podría haber reventado eso que parecía ajeno a mi cuerpo, y traspasar las paredes cavernosas de mi miembro para sacar la bestialidad que circunstancialmente habitaba en mí.

Pero no fue más que eso.

Risas. Risas.

Pregunté por María, recuerdo, y ellos rieron más. Estaba alucinando. Ni Elfdred ni Freddie, ni el capitán estaban conmigo. La única cara conocida era la de Dessie, que parecía divertirse con mi involuntario padecimiento de la libido.

—Apuesto a que estabas soñando conmigo… —dijo, y sus acompañantes hicieron comentarios sobre cosas que le daban la razón para seguirse burlando de mí. ¿Quiénes eran esos? En el momento no los reconocí, pero tuvieron la amabilidad de presentarse de inmediato.

—Soy Saul Potemk y este es nuestro amigo Indus Seventeen. No es originalmente humano —me dijo uno de voz gentil y educada.

Y el otro le respondió.

—Pero, vaya vaya, ni con tanta batería me dan erecciones tan tremendas como a este humano —rieron más por la culpa de ese ser con ojos brillantes. Era notoriamente un androide, y de los graciosos.

—¿Qué hago aquí? ¿Qué pasó con Freddi, Elf…?

No me dejaron terminar.

—Tranqui, ellos fueron a las computadoras para revisarlas junto con el capitán. Me aseguré antes que los ventiladores sacaran la suficiente radiación. Además, Andy y Ebbie han limpiado parcialmente los desechos en los interiores de la nave, por lo que ahora es suficientemente segura y podemos respirar sin problemas… Aunque los malos olores no se hayan ido —con lo que me acababa de decir Dessie, me di cuenta que ya no teníamos los trajes puestos. En el momento no sabía si era un alivio, sin embargo, tenía más preguntas.

El de la voz gentil terminó siendo un médico enviado de emergencia por una nave rescatista que estaba cerca de nuestro cuadrante; el otro, el androide, era su asistente cuasi-orgánico de la generación 17 de su clase, la menos defectuosa de todas, y, por lo tanto, certificada como sumisa e inofensiva.

Logray, acercándose a mi oído, insinuó ayudarme con mi «problemita» biológico, a lo cual respondí a duras penas que no. Otra vez decepcionada, aunque no ofendida, se cruzó de brazos y dejó que el médico hablara al respecto de mi desvanecimiento. El diagnóstico fue un problema neuropsíquico causado por el estrés y la mala administración de oxígeno del traje, quizás por un fallo o defecto. Curioso, según yo no había ningún problema con la suministración de oxígeno, pero…

—¿Eso fue todo?

Humano y androide se miraron.

—No, sin embargo, eso fue la principal causa de que cayeras inconsciente por ocho horas, estándar.

Ocho horas. Básicamente tomé mi descanso completo. No obstante, antes de mi caída psíquica no me sentía cansado; al contrario, algo en mí surgía con una feroz energía que agudizaba mis sentidos. Hasta que no. Y no dije más, preferí darme por satisfecho con el breve diagnóstico y me tomé unos medicamentos que no reconocí, y me dijeron que reposara por unos momentos más.

Vaya, no era de sorprender que Logray decidiera quedarse conmigo; además, con un guiño me dio a entender que todavía tenía que contarme… o hacerme algo.

Médico y asistente salieron para tomar unas muestras y ayudar a asimilar más de lo sucedido en la Bryhinldr. Dessie tomó una silla, la trajo consigo, y la puso enseguida de mí, yo mientras estaba atontado por las drogas; aunque la erección seguía ahí, y a nadie le importó que siguiera «muy contenta» esa parte de mi cuerpo.

—Por lo que veo, todavía sigues estimulado… No, no te preocupes, ya no trato de insinuar algo más. De hecho, me preocupas. El médico se rio cuando yo indiqué que todavía seguías «tieso» y dijo que se te pasaría con los medicamentos,; y mira que todavía no veo un progreso ahí, eh —asentí e hice una mueca graciosa que la hizo sonreír. Ella no era fea, tenía un cuerpo atlético espléndido, pero lo más lindo era su sonrisa. Me gustaba hacerla sonreír, me hacía recordar a María y aquella vez que fuimos a las pirámides del planeta primigenio de nuestra raza. Sol, nubes, una breve oscuridad mágica, y las risas que hacían un dulce eco en mi memoria.

Palpitaba… Con gusto.

—Creo que ese pajarito no dejará de cantar. Ojalá no me acostumbre, porque duele un poco —le dije, señalando por allá.

—Sí, y no parará ni día ni noche.

A lo que seguí.

—Bueno, ahora que el tiempo es relativo y tenemos que irnos a horarios interestelares cuasi-estandarizados… Mi polla no callará hasta el fin de los tiempos.

Reímos, reímos hasta que me agoté y miré cielos de otros mundos. Estaba casi cayendo en sueño, otra vez.

—Eh, no duermas todavía, tengo que contarte algo —cosa que ya sabía y por eso me recosté hacia a un lado, mirándola e intentando no asediarla con el asta alzada.

—Dime, y deja de verlo —le dije e hizo una mueca divertida.

—Es que eso llama mucho la atención. Compréndeme. Bien, pues. Mira, hay algo muy extraño…

—No me digas, con todo esto…

—Mierda, sí, esto es muy extraño y Elfdred no quiso responderme nada; me espetó que todo era confidencial y que era mi superior y yo nomás debía acatar sus órdenes. Tiene razón, yo como militar sigo órdenes, pero estar al mando de un perro de la Unión me rompe los huevos.

Asentí y con una sonrisa traté tranquilizarla.

—Lo entiendo, lo entiendo. Yo también tengo mis reservas hacia él, pero estamos trabajando en equipo y debemos terminar todo esto para regresar con una buena paga a nuestras casas… Además, no sé si te lo he dicho, pero yo soy nieto de dos proletarios de la Comunión, y por la culpa de la Unión sus descendientes hemos sido desterrados, por lo que yo lo odio doblemente.

Se me quedó mirando.

—Eso… No conocía tus antecedentes. ¿Acaso también me odias a mí?

Parecía muy sorprendida, también desconsolada.

—No, para nada. Me gustas mucho. Y no te preocupes, es protocolario eliminar esa parte de mi historia de mis documentos. Y la verdad es que no volvería a pisar a mi anterior patria porque la Confederación me ha dado los suficientes beneficios como para ser feliz.

Logray se tranquilizó un poco con lo que dije.

—Bueno… En realidad no eres el primer excomunista que conozco. Solo que normalmente no llegan tan lejos en la sociedad como tú… Entre los soldados hay varios. ¿Tú no fuiste soldado alguna vez?

 —Sí  —mentí.

Y a pesar de todo, muy entendiblemente, ella todavía estaba confundida.

¿Por qué demonios le había contado algo tan reservado como mi pasado genético? Qué tal si…

—¿Y qué me decías de Elfdren?

Volvió en sí y me miró con otras emociones.

—Ese bastardo esconde algo, lo sé porque le informé que, esto no le digas que te lo conté porque, de hecho, me amenazó en que no lo hiciera, pero, al parecer la misma inteligencia de la nave impide que sea reparada y un inexplicable e infranqueable servidor de seguridad la protege. Le dije que, si acaso es algo más que de una lógica pertinente, esto es obra de terroristas con técnicos muy, muy capaces, mucho más que yo y que cualquiera de los que vinieron en la Line 13 —para eso le mencioné a Kerk y ella sacudió su cabeza—. No, es en serio, no creo que ni él pueda hacer algo, además, esto debo de quedármelo callado, solamente Elfdren lo sabe… Y bueno, tú también, pero en secreto, o iré directo a la corte marcial.

Asentí e hice un ademán en que sellaba mis labios con un candado invisible. Ella se alegró y me dijo que era su excomunista favorito.

En esos momentos me encantaba verla; no, admirarla.

Sentí que mi pene quería penetrarla, hacerla mía en esos momentos; los dientes aperlados de ella solicitaban un beso, una lengua que los traspasara; y mis manos temblaron un poco, también sudé… Los deseos de romper algo me marearon, y le dije que, si no era mucha molestia, me dejara dormir un momento, que lo necesitaba.

Logray fue moderada con su enojo, quizás creyó que la estaba rechazando de un modo muy descortés, pero es que en verdad era necesario tumbarme y quedarme en una tranquila y silente oscuridad interna. Cruzó sus brazos, como suele hacerlo, y me dijo que se quedaría ahí, y que tal vez dormiría como yo, un libidinoso oso perezoso.

No quise discutir ni nada, lo acepté y me acosté boca arriba. La luz del techo me hizo pensar tantas cosas, una pleamar de detalles que los había creído perdidos en mi subconsciente; o no, no, no eran parte de mí, eso que veía eran imágenes ajenas, de una caverna demolida, unas plantas con seres diminutos y de color verde.

 

Y un ruido, un ligero ruido… La claridad de una paz avasallaba a todo mi ser en aquel viento que me llevaba lejos. El viento cantaba como una bella voz de tenor, el mar chocaba contra madera; sí, sí que era madera; y unas aves, tal vez como las gaviotas turquesas de Summer Blue, especies mejoradas que provienen del planeta primigenio.

Abrí mis ojos; estaba tirado en la cubierta, y sentía mi piel quemada por el sol y sus rayos ultravioletas. Aun así, mi corazón se sentía propio, en su hábitat natural. Nadie más que yo estaba a bordo del barco. Miré de un horizonte a otro: solo mar y un cielo dorado con tintes bermejos.

Mis manos, por sí mismas, tocaron mi cara y surcaron una línea áspera y profunda; luego pasé por los labios, exiguos, carentes de carne. Qué raro, siempre fui un hombre de labios gruesos, como muchos de las razas revolucionarias que formaron la Comunión del Proletariado.

No, no era yo, que esas manos no eran mías, ni esta boca tampoco.

Y, justamente donde estaba parado, la cubierta se rompió y me chupó hacia adentro; abajo, abajo, en un profundo mar azul, un reino submarino que me hacía sentir su enemigo entre corales extrañísimos y muchos cuerpos humanos que flotaban inertes, pero menos aquellos, unas turbas vivaces que se habían fusionado con los corales, y ahora parecían ángeles de este inframundo acuoso y hostil.

Nadé, nadé hacia arriba, nadé por mi vida, o por la vida de este cuerpo que yo usurpaba; los ángeles malditos quisieron acercarse, no obstante, al ver que mi cabeza ya salía hacia afuera, a respirar el bendito aire, se alejaron y…

Ah… Alivio. Alivio porque esa pesadilla acabó y ahora estaba en el lado de los humanos de carne y hueso. Pero, la nave, aquel barco, se iba, navegando sola, se iba lejos… Más lejos…. Más lejos… Hasta perderse en la nada.

Y de pronto, un ruido insólito, sordo, que provenía como burbujas secuestradas por el mar violento, me hizo temblar, sudar, quebrarme y…

 

Me levanté de improviso por un ruido en el exterior que acababa de callarse. Sin embargo, un gorgoreo que provenía de mi lado izquierdo no cesaba y miré; era Dessie, estaba convulsionado, a punto de ahogarse con la espuma que salía de su boca.

Quité todo lo que me molestaba, fui hacia ella, la puse boca abajo y vomitó de inmediato; palmee su espalda, aunque todavía no respondía, y tal vez caería en un coma si no hubiera hecho algo antes; y, por suerte, una jeringa revitalizante estaba ahí y se la inyecté.

Las maravillas de la medicina hicieron lo suyo y ella poco a poco abrió los ojos, mostrando un cansado desconcierto. Sus labios estaban aceitunados.

—M-mierda… M-mierda… El sonido… Extraño… Afuera… —quiso decir más y no le hice mucho caso, porque la recosté. Le dije que nomás estuviera calmada, no se moviera mucho y que yo daría una oteada afuera.

Me vestí, tomé un poco agua y salí.

Una alarma descompuesta sonaba, sin embargo, servía más para arrullar. La compuerta se abrió automáticamente y al parecer la energía había vuelto en su totalidad; lo que vi afuera fue demasiado desconcertante y no pude respirar por un momento.

Dos cuerpos mutilados, putrefactos y horripilantes, estaban parados, cerca, viéndome con ojos amenazantes, a punto de balancearse contra mí y yo no tenía arma para defenderme.

 

Universo expandido de Silencio en la oscuridad de Odragde.

11 comentarios sobre “El ruido está en nosotros: Parte 2

    1. Muy, muy bien. Jajaja, sé que algunas escenas tienen aspectos grotescos, pero, creo entenderte. Igual a mí me relaja escribir y leerme. Hay momentos en que quiero quemar todo, sin embargo, cuando encuentro paz en lo que escribo, ahí siento que estoy haciendo lo correcto y me siento muy feliz.

      Un saludo.

      Le gusta a 2 personas

    1. Muchas gracias por leernos, Jessica. Este universo fue originalmente creado por Odragde (Edgardo), y y no nomás le seguí el hilo a lo que se gestó con su cuento «Silencio en la oscuridad». De hecho, podríamos decir que Ed ha sido mi muso para varios de mis relatos, jejeje.

      Y bueno.

      Mis aplausos también para ti, porque no cualquiera se toma el tiempo para leernos a mí y a mis colegas blogueros, todavía menos común dejar un comentario tan revitalizante como el tuyo.

      Un abrazo hacia el infinito.

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  1. Realmente tenía ganas de leer esta segunda parte de la historia que continúa superando mis expectativas. La trama cargada de suspense, las situaciones que afectan a los personajes e incluso las referencias que ellos mismos dan sobre el universo en el que viven, confieren un atractivo especial al relato… y conseguir eso no es fácil, por lo que tiene mucho mérito.
    En cuanto pueda, me meteré en la lectura de las partes siguientes.
    Muchas gracias por dar forma a este preciado relato.
    Un saludo.

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    1. ¡Daniel! Hola de nuevo.

      Este cuento largo en particular es «bueno» (dentro de lo que cabe de un amateur) en sus dos primeras partes, pero después baja su calidad narrativa. Mea culpa. Lo demás ha sido publicado sin editar lo suficiente y quedó como quedó. La razón: tuve una crisis y (erróneamente) por eso decidí subirlo.

      Por eso recomiendo siempre buscar la manera de relajar las ansias, tomarse el tiempo para pensar las cosas y luego exponer nuestras obras cuando lleguen a un punto de ebullición literario aceptable (revisar errores ortográficos, de coherencia), y si se tiene paciencia, método y hasta ayuda, entrar a un análisis y edición «profundos» (segunda revisión de ortografía, ortotipografía, estilística, tropos…).

      De todas maneras, agradezco mucho las lecturas que das a mis textos, y tu apoyo que hasta la fecha me llena, me da fuerzas (a veces las pierdo todas). Espero que a ti también te esté yendo bien con tu producción literaria, así como la difusión cultural que promocionas. Un saludo y fuerte abrazo, Daniel.

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