Debajo de la piel de un cordero

 

Los perros… Los gatos… La luna…

 

Desperté escuchando a Laura, que antes dormitaba en mi pecho. Ahora maullaba junto a Lulú.

Pedrito, el de los colores bonitos, había muerto.

No sé qué le pasó, ayer lo vi bien, repuestito después de haberse comido unos ratones que molestaban a mi vecina, y por eso ella me dio un buen premio, un caldo de pollo muy sabroso. Pero de qué sirvió esto, si él murió al poco rato. Sorbí los mocos, puse su cuerpo sobre una almohada y salí para cavar un hoyo.

 

Ya de mañana, los otros vinieron a ver al que se fue, y yo no había dormido nada. El gallo, que no quiso tener nombre, cacaraqueó para llamar a todos y rendirle luto a alguien de la familia que ya no está entre nosotros. Desde mi pecho sentí algo ronco y caliente, dejando un cosquilleo en mis adentros. Creí que iba a darme tos y luego un resfriado, mas no fue así.

Era como si quisieran gritar mis intestinos y yo los callé con mis dudas.

Volví a la alcoba; vi el cochinero, el descuido. Me había acostumbrado a vivir entre la inmundicia, la cual a veces ni pasaba por mi mente. Antes creí tener una vida normal, con humanos y una casa pequeña, pero acogedora. Mis padres, de los que no recuerdo sus caras, me pegaban mucho, tanto hasta que ya no pudieron más. Los hermanos que tuve fueron iguales, ausentes o pesados, ninguno tuvo una relación buena con la sociedad, menos conmigo.

Los quise olvidar, pero de vez en cuando los sueño, lo que considero más como una pesadilla… una que siempre termina con un ambiente oscuro y una casa incendiándose al fondo; yo de niño, esperando a que todo acabe, a que todo se fulmine; y aúllo, aúllo con dolor, luego con una alegría que me hace sentir mal.

 

Llegaron los polis y se llevaron a Mastodonte, que porque mordió a Luis Corrales, el vecino de enfrente; lo peor es que no sabía que era diabético, o algo como eso, y es posible que pierda su pierna por la mordida. El pobre de Mastodonte tiene sus días contados en una perrera, junto a otros condenados de su especie.

Qué triste. Otro más en menos de una semana. No era algo nuevo, porque antes ya se habían llevado a todos, dejándome solo por una temporada.

No me bañé por meses.

 

Vinieron los hermanos Pérez-Castro y me golpearon muy feo. Mis perros trataron de defenderme, pero fueron igual de maltratados que yo y no nos dejaron en paz hasta que nos quedamos en el suelo, adoloridos y derrotados.

Mi ojo derecho se hinchó mucho y un brazo ya no lo podía mover bien. Creo que a Silvio le rompieron una patita y no he sabido cómo arreglársela. No creo que el veterinario quiera recibirme de nuevo, menos así como estamos.

Ya cuando nos dejaron en paz, me dijeron que nuestra tortura había sido por causa del vecino Luis, y porque yo y mi familia éramos una plaga para el barrio; me querían muerto y ojalá Dios escuche sus oraciones y me lleve al infierno junto a todos los perros y gatos.

Espero que en sus rezos no incluyan al gallo, ese nomás hace bien despertando a los buenos trabajadores que madrugan a diario.

De hecho, ninguno de aquí es malo, es solo que nos ven diferente y nos repudian por eso. Como si aportar al capital fuera necesario para vivir y coexistir. Yo solamente existo para ellos y ellos para pasarla bien, rara vez haciendo daño a alguien. Quise gritar de enfado, pero esa ronquera… Mis uñas dolían con un dolor de placer.

 

Todo este día no me apeteció levantarme de la cama, aun cuando un resorte lastimaba un poco mi espalda. Patricio quería jugar conmigo y mejor lo ahuyenté con unos manotazos. Lo bueno es que es inteligente y entendió mi situación. Tenía que recuperarme de algo que va más allá de lo físico.

Lloré un rato.

 

Unos gatitos muertos estaban en una bolsa rota en la parte trasera del solar. No sé cuánto tiempo llevaban ahí, nos dimos cuenta por el mal olor y por la ayuda de Pipín, que ladró bajito y se quedó acostado junto a ellos.

 

Los gatitos ahora están bajo tierra, como los demás de la familia a los que pudimos darles santo entierro.

 

Unos vándalos entraron a robar a varias casas, pero no a la mía, y mataron a dos viejitos que nunca me dijeron sus nombres. Fueron mutilados hasta la muerte y nadie escuchó sus plegarias. Esa vez me fui a dormir temprano, no sin antes comerme una rica lata de atún con verduras que compartí con Anacleto.

 

Otra vez desperté por Lupercia, creo que se peleaba con Lulú mientras Laura se acicalaba frente a ellas. La luna estaba afuera y, cuando debiera ser menguante, estaba bien redonda. La tos volvió. Me rasqué el pecho hasta herirme; probé la sangre y sabía buena, de un sabor cobrizo muy especiado.

Como no tenía puerta, solamente quité los cartones y salí a ver la luna con mejor vista.

Era perfecta.

Los perros la admiraron junto conmigo, incluyendo al todavía pequeño Anacleto, el gato macho que se vino solo a la familia. Escuché un platillo retumbar y mi piel y cabellos se erizaron.

Ninguno de nosotros quitamos la vista de ella.

Mis pensamientos deambularon en deseos violentos, exquisitamente violentos.

Y Connie, la matriarca, de manera inédita, me vio con ojos seductores y yo no supe qué hacer con ellos.

 

Para mi sorpresa esa fue una buena mañana, nada en mí dolía y me sentía más ágil que nunca. Me entraron extrañas ganas de correr, y corrí. Dos o tres me acompañaron, los demás se quedaron en casa.

Cuando regresé recibí la noticia que dos de mis tías que viven en otro país vendrían a visitarme. Cerré la laptop porque me molestó un poco. No quería visitas, no me agradaban, pero tuve que aceptarlo.

Qué más da, ya era hora de hacer remodelaciones y bañar a cada uno de los que viven conmigo. Además, me falta una rasurada.

 

Tuve un sueño muy raro en el que todo parecía de noche. Al principio flotaba frente a mi cama, luego vi cómo abría los ojos y hacía unas rabietas que me dieron miedo. Pensé que era otra maldita pesadilla, y así fue. Afuera de la casa estaban los hermanos Pérez-Castro llevándose a Cirilo, el único de pedigrí entre los perros. Se rieron y vi cómo yo los perseguía.

En el camino no faltaron las burlas, pero no por eso hubiera querido seguirlos. Tenía miedo al conflicto… mas mi cuerpo los seguía, con los brazos abiertos, y una cara con la que de seguro me hubieran metido en rehabilitación otra vez.

Estábamos lejos y algo en mí sentía una asfixia que iba creciendo, así como esas garras que brotaron de mis dedos y escuchaba como anhelaban cortar carne; oh, la lengua, estaba sedienta del cobre especiado, y poco a poco me acercaba a ese cuerpo mío que ya no era tan mío.

Pasó algo cuando una completa oscuridad tomó el tiempo por un momento. Cuando volví a mi consciencia onírica ya todo había pasado, y nomás vi charcos de una sustancia espesa y mi boca saciándose con ella. Alguien dijo que llamaría a la policía y le molí la cabeza con mis manos enormes y peludas.

¿Era yo…? El pelaje, era como el de Mastodonte…

 

¿Qué hice para sentir esta resaca tan pesada? Tal vez quemaron mucha marihuana cerca; a veces los soldados en su cuartel lo hacen cuando confiscan los productos que les quitan a las mafias. Todos los vecinos se quejan de eso, menos doña Hortensia, que siempre está feliz con sus matitas y remedios caseros de los que varias muchachas pagan por ellos.

Recuerdo que una vez, antes, cuando todavía tomaba aguardiente e inhalaba, oriné unas matas de la señora y ella, cuando me cachó, en vez de regañarme, me sonrió.

 

Carajo, quise bañarme y cortaron el agua porque estábamos en un tal ahorro ecológico. Escuché que el río se había secado por completo y no volvería a tener agua, jamás, y la gente andaba como loca comprándola, aunque debería ser gratuita para todos. De lo poco que conseguí se lo di a mi familia y yo nomás di dos o tres sorbos.

En pocos días vendrían mis tías, y me resultó excitante; lo noté porque la tenía muy grande, demasiado para mi complexión.

Vi mi brazo derecho y sus músculos tenían mejor forma, una que no deberían tener por lo poco que he comido.

¿Estaba soñando todavía? Quise comprobarlo tocándome…

 

Un loco se la pasó diciendo que me vio aullando con los perros. Le dije que se callara porque no faltaría quién vendría a pegarme o intentarían quemar por tercera vez mi casa. Como no paró, tuve que patearlo; no obstante, las ganas siguieron y le di muchos golpes en la cara, tumbándole los dientes que le quedaban.

Era raro.

A mí nunca me gustó la violencia y ahora me vi con las manos ensangrentadas. Los vecinos me veían con muy mala cara y yo solito ya me había condenado a otro castigo.

No dormiría en toda la noche, de seguro.

 

Llegaron mis tías.

Lo bueno es que había conseguido unos colchones que dejaron olvidados en el vecindario contiguo, y tenían buena pinta a mi parecer. Sin embargo, mis parientes tenían las caras confundidas cuando les dije que esta era su casa, y que por favor no molestaran a los animales porque eran también mi familia, y podía ser suya igual.

No me respondieron como yo esperaba, pero de todos modos quedaron expectantes a que les diera comida. Les dije que a veces iba a un albergue y me aseguraron que tenían plata suficiente para comprar algo de comer. Di las indicaciones de un mini supermercado que antes había sido una tienda de abarrotes viejísima y se fueron.

Acomodé mi cama y me quedé dormido, ya que no pude cerrar los ojos ni un rato en la noche.

 

¡Les dije que no se metieran con mi familia! Les grité y grité, hasta golpeé la pared y esta dejó una muy fea fisura que tendría que reparar después. La tal Paula o Paola, creo que la mayor entre las dos, me recriminó diciendo que vivía en la peor de las pocilgas que había visto en su vida.

Malagradecidas.

No me faltaron las ganas de golpearlas como al loco que dejé aún más feo con mis puños, sin embargo, recordé que eso sería un pecado horrible, y ahora sí que no volvería a este tipo de vida que tengo, de la cual todavía me siento afortunado.

Pasó un silencio que les incomodó y se fueron.

Anacleto fue la víctima porque ya no lo veía entre nosotros.

 

No ha vuelto, Anacleto no ha vuelto. Ellas tienen la culpa. Que el infierno las maldiga, las queme, las haga sufrir todo y más de lo que yo estoy sufriendo.

Quiero morderlas… Quiero morderlas y romperlas todas.

 

*

Llegamos con el primer vecino del barrio pobre de Saltinillas.

El de la cámara lo primero que percibió fue un aire de inmundicia que hizo vomitar a Verónica Estrada, la reportera. Yo me encargaba de hacer los apuntes porque esta vez me tocaba a mí hacer la nota en texto.

Ya grabado todo, lo que nos dijo el hombre fue:

“¡Era horrible! ¡Era horrible! Yo siempre vi algo muy malo en ese muchacho, pero no esperaba a tanto. Los gritos de dolor eran como si el infierno se hubiera abierto por un ratito y algunas almas penitentes clamaran por ayuda. Nadie hizo nada, y cuando yo y Julio Castañeda fuimos a ver qué pasaba, yo muy lento porque ahora estoy cojo, y él gordo con sus constantes resoplidos, ya habíamos llegado muy tarde y…

¿Sí les dije que soy diabético? ¿Sí? Ah, pues uno de esos méndigos perros, uno que ya se lo llevó la perrera, me mordió y me dejó así, mire.

Bueno, ya. Llegamos y vimos todo: una mujer muerta hecha pedazos. No quisimos entrar porque, siendo viejos los dos, mejor pedimos ayuda.

Como dicen que los Pérez-Castro estaban desaparecidos, la ayuda tardó, seguidito de los oficiales que nunca llegan a tiempo. Es que, ¡qué mal servicio! La seguridad está como está por esos inútiles, ¿verdad? Malditos p…”.

Verónica me dijo que interrumpiera la nota porque lo demás que dijo el señor Luis Corrales era innecesario para el reporte. Pasamos con los otros que andaban todavía por ahí, los que sí se metieron en la casa y vieron todo. Eran tres muchachos, ninguno con escuela terminada, pero muy valientes al parecer.

Uno al que le decían ‘El Pato’ fue el menos tímido y apoyó con sus palabras para este reporte:

“Mire, su señoría… No sé. Creímos que iba a ser tan fácil como pegarle a un loco y sacarlo a patadas del barrio… Pero no, nel… Estaba requete feo el asunto, y eso que ya habíamos visto muertitos, ¿no?”.

Asintieron los demás.

“Cuando llegamos… Don Corrales nos dio su machete y con toda la fuerza entramos; primero vimos a la pobre doña hecha cagada y nos asustamos mucho, pero le seguimos sin miedo a la muerte… Y cómo hubiera querido no haberlo hecho”.

‘El Pato’ se detuvo un momento, viendo al suelo. Luego prosiguió.

“A ver… Pasamos de lado de esa señora, que no hacía falta ver que ya estaba muy muerta, y aullamos como vikingos, listos para darle con todo al asesino que vivía en esa casa tan fea. ‘Rulo’ entró primero y yo después; pero qué horrible estaba todo, y apestoso.

Yo me cagué, en serio. Perdone si huele mal. Pero ahí olía peor.

Estaban todos esos animalitos que vivían con el loco, parados en dos patas, mirándonos; al fondo, verga…”.

Otro momento de silencio. Los ojos de ‘El Pato’ se pusieron rojos y sus dos compañeros no dijeron nada más para apoyarlo. Por lo que vi, esta historia iba para una narrativa demasiado surreal… Pero no lo dejé ahí y seguí escribiendo lo siguiente:

“Parecía fiesta de unas pinches brujas, de esas que salen en los libros y no te dejan dormir cuando eres niño. No, esa cosa era del infierno, como si esos que ni saben hablar y cagan en donde sea tuvieran más consciencia que… que el pinche Jaziel, este, el que está a mi lado.

Puto. Déjame. Es cierto”.

Le pregunté yo mismo que qué había al fondo, algo que omitió, pero no me contestó de inmediato.

“Pues… lo más feo que he visto en mi vida. Una pared llena de sangre y el loco agachado, devorando algo que no pudimos ver tan fácil.

Y lo vimos. Verga.

Era otra señora, más desecha, era pura carne, caca y huesos. Apestaba muchísimo.

Se la estaba comiendo.

Verga…”.

El entrevistado vomitó y tuvimos que dejarlo en paz. Ya habíamos recabado lo necesario y la nota sería… Extrañamente buena, con alcance internacional.

 

La noche de ayer leí un periódico, uno que no era el nuestro, y decía que El Loco de la Casa de los Animales se había escapado, dejando un buen número de muertos que habían tratado de detenerlo.

Me fijé bien en el calendario y… Sí, en efecto, fue luna llena.

Justo estaba desarrollando la última parte del argumento para mi nuevo ensayo sobre la licantropía. Este caso me ha sido tan… tan…

Vital.

Obviamente este diario no lo presentaré a mi jefe, ni a Verónica. Creo que me pasaré a otra oficina, aquella en la que a nadie le gusta estar, la de temas esotéricos y relatos de terror. Si lo pensara bien, esto sería como ir en retroceso, porque ya estaba en el equipo de notas amarillas, uno lo suficientemente infame como para quitarme las ganas de ser periodista; no obstante, sé que esto es lo mío.

No dejo de pensar en esos “animales parados en dos patas”, y la escena grotesca que vi en las fotos. La nota salió muy deslavada, la hicieron parecer como si fuera de un simple asesinato de un psicópata que mató a sus tías venidas del extranjero.

No. No.

Se trataba de un lunático y su caso era tal como los que se revisaban agudamente en el siglo XIX, la época de los romanticismos, tenebrismos y decadencias del mundo moderno. Me sentí tan cautivado al ver coincidencias con ciertas leyendas… ¿Licantropía? Era posible. De los fantasmas ya lo había comprobado: existen hasta cierto punto. Carlos Tejón me dio las suficientes pistas como para darme cuenta que la ciencia no lo explica todo.

Yo, que era ateo, ahora siento que muchas incógnitas no se pueden responder con simples fórmulas y métodos científicos que poco o nada el periodismo formal se aferra a ellos, para pasar como un subordinado de los otros oficios de supuesto valor más elevado.

El loco de la casa de los animales…

El lunático caníbal…

El hombre bestia que se comió a sus tías…

Oh.

Un aullido, fuerte, afuera… ¿Acaso ya es de noche?

5 comentarios sobre “Debajo de la piel de un cordero

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