El cuarto del pánico

 

El efecto del somnífero pasó, una luz muy blanca salía del techo. Estaba en un extraño lugar, un lugar frío y ajeno. Intentó moverse, pero no le fue posible; estaba atada con cinturones de sujeción que la mantenían firmemente inmóvil en el sillón donde reposaba. Tampoco podía girar el cuello, una estructura metálica alrededor de su cabeza se lo impedía. Con la vista fija al frente, miraba hacia una pantalla de cine que abarcaba casi la totalidad de la pared.

Había algo más, algo incómodo y alarmante: un par de pequeñas pinzas provenientes del armazón que rodeaba su cráneo, abrían por completo sus párpados.

Ridículamente, en ese momento recordó una película en donde había visto que le hacían eso mismo al protagonista.

El pánico llegó. Llegó de manera arrolladora e imparable.

Algunas preguntas comenzaron a formarse en su mente, pero antes de que pudiera expresarlas, la habitación quedó a oscuras. De pronto, la pantalla se iluminó.

Se mostró una imagen que la dejó sin aliento: en un cuarto con paredes de tabiques grises se encontraba un hombre, atado de pies y manos, hecho un ovillo en un rincón.

—¿Qué…? —antes de que pudiera decir otra cosa, un sujeto, con una capucha que le cubría el rostro, irrumpió en la escena.

De inmediato, el recién llegado agarró al que estaba en el suelo y lo arrastró hasta el centro del lugar; fue en ese momento que vio que se trataba del barista de la cafetería a la que todas las mañanas pasaba antes de llegar a su trabajo.

El de la máscara se paró a un lado y, tomándolo del cabello, hizo que se sentara; sin más, lo pateó en la cabeza. El sonido del impacto y el quejido de dolor que le siguió se escucharon alrededor de toda la habitación desde donde observaba.

Estaba confundida y atemorizada; qué era todo esto.

Aquel siniestro sujeto se colocó frente a la cámara, y le enseñó como se ponía una nudillera de metal en la mano derecha. Entendió para qué usaría esos anillos, y con el corazón encogido supo lo que vendría a continuación.

El primer golpe fue a las costillas, luego uno más a la cara. Se detuvo. El muchacho estaba sangrando profusamente de un corte que tenía en una ceja. Una patada en plena nariz seguida de más puñetazos. El sonido era tan nítido que parecían estar en el mismo lugar. Quizo cerrar los ojos, olvidando por un momento que le era imposible.

—¡Paren esto, por favor! —gritó desesperadamente.

Como haciendo caso a su súplica, el sujeto de la capucha se quedó quieto. Durante varios segundos no se movió hasta que, de su espalda, sacó una pistola y le voló los sesos al joven.

La pantalla se apagó. Sonido ambiental de fondo; el mar y cantos de ballenas.

—Suéltenme. Déjenme ir —forcejeó contra sus ataduras tratando de soltarse, pero fue inútil.

La transmisión volvió; todo estaba igual, excepto que el que se encontraba en medio de aquella terrible habitación, era un empleado de la empresa donde ella trabajaba.

El puño cubierto de hierro descendió sobre un costado a la altura de la mandíbula; la mejilla se abrió en canal, un diente salió volando y la golpiza continuó. Las botas chocaban contra la espalda, contra el abdomen, contra la nuca. Los gemidos de dolor eran horribles, insoportables.

—¡Basta! ¡Basta! —dijo entre sollozos—. ¿Por qué lo lastiman? ¿Por qué? Por favor…

El encapuchado continuó descargando golpes, uno tras otro, hasta que pareció no poder levantar más el brazo, entonces el arma volvió a aparecer en su mano y le disparó a su víctima.

Oscuridad y música; new age.

Después de dos canciones prosiguió el terrorífico espectáculo. Sintió un frío paralizante al darse cuenta de que ahora su mejor amigo esperaba a ser violentado.

—A él no…

Un bat de béisbol se estrelló en la espalda del hombre y éste se desplomó. La madera cayó con fuerza en repetidas ocasiones, tan fuerte que escuchó fracturarse algunos huesos. La descarga de violencia era más intensa, más sádica; gritos de impotencia de un lado y quejidos de dolor del otro. El asesino le envolvió la cara con una bolsa de plástico y la apretó hasta dejarlo casi inconsciente por la falta de aire, luego regresó el terrible puño… De pronto, se acerco a la cámara y se quedó mirando fijamente, como si pudiera verla a través del lente. Unos momentos después tomó nuevamente el bat y lo estrelló contra el cráneo. No paró hasta que se quedó sin fuerzas.

La iluminación se esfumó; en su lugar un frenético violín, quizá era Vivaldi.

Comenzó a llorar, su amigo murió y ella lo había presenciado sin poder hacer nada. El violín se hizo notar con su estruendo. Sus pensamientos se dispararon hacia todos los posibles escenarios que la hubieran puesto en esta situación, pero no consiguió serenarse lo suficiente para enfocar sus ideas. En el clímax de la melodía el volumen subió al máximo, hasta un nivel ensordecedor. La última cuerda del instrumento se perdió en la nada y reinó un ominoso silencio.

¿Qué es lo que iba a pasar ahora?

La luz apareció de repente, intensa. Tardó unos momentos en adaptar su visión antes de que le fuera posible ver lo que se le mostraba. Aunque intuía que lo que iba a suceder sería lo peor de esta pesadilla, nunca hubiera imaginado quién sería  el siguiente en este sangriento drama: frente a ella estaba su esposo.

Pánico en su mirada, pánico en su voz.

¡NO! ¡No! Por favor… —suplicó—. Por favor —lágrimas y jadeos—. ¿Por qué me hacen esto… Por qué? —sus dientes castañearon, apretó los puños—. ¡Malditos! ¡Hijos de puta! ¡Déj…!

El homicida apareció empuñando un enorme cuchillo y deslizó su punta por todo el cuerpo desnudo del indefenso esposo. Parecía estar jugando, en busca de dónde lacerar la piel por primera vez; la oreja izquierda fue su elección. El pedazo de cartílago fue a parar al suelo. Un alarido desgarrador le heló la sangre.

NOOOOO… AAARRRGGG…

Llena de ira, haciendo uso de toda su fuerza, luchó por zafarse de los cinturones; jaló, pataleó, sacudió la cabeza con desesperación, pero lo único que consiguió fue lastimarse. Temblando y gimiendo tuvo que observar a su pareja ser brutalizado, sus quejidos de dolor y angustia taladrándole los oídos. Por lo menos su visión quedaba nublada detrás de una cortina acuosa formada por las lágrimas.

En su mente volvió a preguntarse por qué le estaba pasando esto. Qué mal había hecho para que la castigaran de esa manera. 

La tortura a su amado duró mucho más tiempo que las anteriores y fue en exceso cruel. Minuto a minuto tuvo que soportar verlo convertirse en una masa de carne empapada en sangre.

Cuando ya no hubo más espacio en el que cortar y apenas se notaba su respiración, el sádico verdugo hizo que se hincara y colocó un alambre alrededor de su cuello. Tiró del mortal instrumento hasta que sus ojos saltaron de las órbitas y su semblante se tornó morado. Desde el otro lado, ella lo vio caer inerte para nunca más volver a levantarse.

La imagen desapareció y sonó un poco de lounge. Estaba exhausta por tanto sufrimiento, por presenciar tanta muerte, tanta violencia sin sentido. Con la cara desencajada y manchada de mucosidad, sintió un piquete en la nuca. Comenzó a perder la conciencia. Antes de no saber más, distinguió a dos hombres que entraban en el cuarto y comenzaban a desatarla…

Cuando despertó estaba en su departamento, acostada en su cama y en pijama. Se levantó abruptamente y miró su celular; la fecha le indicaba que habían pasado tres días desde aquella tarde en la que saliera del trabajo rumbo al motel, en el que solía encontrarse con su amante.

3 comentarios sobre “El cuarto del pánico

  1. Un supuesto vacío de tres días en la memoria de la protagonista… o tal vez no. Impactante. ¿Qué haría ella a partir de ese momento? Se abre todo un abanico de posibilidades que quizás sugieran una continuación. Sea como fuere, me ha gustado leerlo.
    Gracias por compartirlo.
    Un saludo.

    Le gusta a 3 personas

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